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Cuando no te conformas con lo que tienes

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Platos fríos

Posted by sinsangre en 15 enero, 2008

Resulta que cuando te pasas mucho tiempo deseando que llegue un momento en tu vida en el que, previamente, pensaste que ibas a sentir una catarata de emociones y un tremenda felicidad inabarcable va, se produce y te quedas con la misma cara de siempre, esa que no muestra algún indicio de satisfacción y que, realmente, refleja la realidad.

Que sí, que hay un cierto regustillo agradable, una suerte de sazón que permanece y que te rememora lo sucedido. Pero nada más. Nada de orgullo ni de ansiedad por compartir el sentimiento. Más bien indiferencia, tranquilidad y olvido relativo. Ese sabor lo he podido disfrutar por dos ocasiones esta semana. Casi podría afirmar que en el mismo día, con unas horas de diferencia.

Por un lado, me alegré enormemente de que consiguiera el Globo de oro al mejor secundario el que, sin lugar a dudas, es el mejor actor del momento. Javier Bardem. Ese “canario” que lleva años dando lecciones magistrales de cómo se debe afrontar un rol dentro de una película, como se interioriza al personaje para hacerlo creible y como sacar todo el jugo a papeles que, a priori, no darían para más de un melodrama barato. Desde el desagradable yonki de Días Contados, a la pura debilidad de Reinaldo Arenas en Antes que Anochezca. Por no hablar de su dolorosa interpretación de Sampedro en Mar Adentro o su sacado-del-mismo-infierno asesino de No es país para viejos.

No voy a profundizar en alguien que todos conocemos y que tan bien describen por ahí. El tema del artículo de hoy es que, pese a la admiración que he tenido por este animal de la interpretación y de las ganas que tenía de que recibiera un honor (discutible, que eso da para otro artículo) como es ese premio, me entero de la buena nueva, sonrío y sigo haciendo mis quehaceres con la más absoluta indiferencia. Lo que antes me suponía llamadas continuas a conocidos y devoración de imágenes y letras para confirmar lo sucedido, ahora fue un simple “ah, que bien” y punto.

Me pasó lo mismo anoche, en un ambiente de ensueño mientras preparaba unas deliciosas berenjenas rellenas.

Una de las personas que más daño me ha hecho en estos últimos tiempos recibió su propia medicina. Aquella “compañera” que se encargó de aprovechar mi ausencia durante la baja maternal para generar comentarios falsos sobre circunstancias, a todas luces matizables, que me situaron y sitúan en el ojo del huracán delante de mis compañeros de trabajo impidiendo de ese modo una felicidad digamos, absoluta, pues resulta que recibe de lleno la misma consideración por parte de los demás. No necesito confirmar que se han equivocado con ella. No pretendo ser tan imbécil como aquellos que le siguieron el juego y que ahora me señalan cuando no les miro, mientras juzgan acontecimientos ficticios sin conocer mi opinión al respecto. Es su problema. Pero si que me alegra, o eso pensaba, el comprobar cómo ahora recibe cada una de las patadas que yo sufrí sin poder defenderme y que experimente esa tristeza de la mentira con destinatario.

Una vez que conocí la historia. Pues, francamente me dejó indiferente. No encuentro regocijo, satisfacción, alegría o alguna de aquellas sensaciones que estaba esperando disfrutar llegado el momento. No me siento mejor por ello ni me jacto de su “desgraciada” experiencia. Simplemente pasó como con Bardem Me alegré de que le hicieran lo mismo que a mí, pero seguí preparando mis berenjenas con la más absoluta tranquilidad de conciencia.

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